Los tres factores para la curación

Toda persona que cursa una enfermedad debe tener en cuenta tres factores que lo ayudarán a curarse:

1- Autoridad: éste término deriva de autor, que es el que crea, el que hace progresar. Lo primero que pierde un ser humano enfermo es la autoridad. No solo sobre su cuerpo, ya que parte de su cuerpo se independiza de su voluntad y la enfermedad -no le obedece-, sino hasta en las más pequeñas decisiones sobre su vida (ya no puede hacer lo que quiere y si no hace lo que le dicen, su vida corre peligro). La probable curación se ofrece a un precio muy alto. La autoridad se pierde cada vez más hasta el extremo de ser considerado un niño que solo debe obedecer si quiere lograr sanarse. Recuperar la autoridad sobre sí mismo y sobre un supuesto saber que no admite cuestionamientos es algo que un sujeto enfermo (o que padezca una crisis en su vida) debe plantearse y que cualquier tratamiento debe proponerlo claramente.

2- Inclusión: este término significa poner una parte dentro de otra o contener una parte en el todo. En la enfermedad, la persona pierde la pertenencia a su grupo que ya no lo reconoce como una de sus partes. Se toma -licencia- y deja de ser quien era. Cae en una soledad que es propia de los exiliados. Puede estar acompañado de mucha gente pero ya no se siente uno de ellos. Tampoco se siente como sus iguales, los enfermos, ya que su dolor es único y no lo puede compartir. Estar enfermo es salirse de esa normativa que llamamos salud, pero estar gravemente enfermo es quedar excluido de esa normativa que llamamos sociedad. Los enfermos graves son excluidos de la sociedad (cáncer, sida, Althzeimer) con eufemismos tales como internación, curas de salud o aislamiento por bajas defensas.

3- Amor: deriva del latín -a- (fuera) y -mort- (muerte). Aquí nos limitaremos a referirnos a las dificultades que surgen en tratar a los enfermos con muestras de afecto, escucharlos y tomarse el tiempo suficiente para hablar de sus necesidades y preguntas. No es habitual que esto ocurra en los pacientes con diagnósticos graves. Nos referimos al trato dispensado por los médicos, quienes son la tabla de esperanza fundamental de estos pacientes. Los tratamientos médicos no deben ser un calvario agregado al paciente sino una fuente permanente de aliento y de estar comprometidos en la cura de la enfermedad.

Podemos decir entonces:

1- Nadie se cura sin autoridad.
2- Nadie se cura solo.
3- Nadie se cura sin amor.

Veamos algunas digresiones sobre estos tres factores.

Todos lo que han escrito sobre el papel del amor en la curación, han afirmado que es el factor más importante en la cura. No tenemos dudas sobre ello, pero es necesario aclarar que el concepto y la vivencia que cada uno tiene del amor son tan inherentes al proceso de la cura que es imposible recetar fórmulas magistrales. Hay personas que se han curado por una palabra y otras que se han enfermado casi por la misma palabra. De ahí que sea tan importante conocer la historia de esa persona y el estilo que ha tenido en tratar de resolver los problemas del amor. Porque el amor trae problemas y muchas veces de lo que se trata no es de tener o no tener amor sino de cómo sobrevivir ante tal presencia o tal ausencia. Es aquí que debemos entender que el amor sin la inclusión y la autoridad no es relevante como factor de curación. Ellos tres forman una unidad.

El sujeto enfermo puede rechazar el amor y lo vive como un problema cuando su inclusión a su grupo de pertenencia se ve amenazada. El llamado enfermo terminal queda excluido de cualquier referencia al -grupo de los vivos-. Ya no puede hacer proyectos ni tener identidad humana porque su muerte es una certeza para muchos. Esta es la manera en que los vivos tratan a los muertos; ya perdieron su oportunidad y no pertenecen más a los proyectos de la vida. Es la exclusión más espantosa que un ser humano puede vivir, ya que ni siquiera tiene pertenencia al grupo de los muertos. Son -desaparecidos-. Aquí el amor (fuera la muerte) está excluido y es habitual que se reaccione con franco rechazo frente a las muestras de afecto de aquellos que las proponen. (Hay un ejemplo muy provocativo en la película Pach Adams, sobre como el humor sí puede lo que no puede el amor)

Otras veces, la demostración de cariño es lo único que permite la inclusión de una persona y es la confirmación de una pertenencia que solo se percibe con tales muestras. Podríamos decir que ésta es una actitud femenina, al contrario de la anterior que sería típicamente masculina. Recordemos que el hombre vive la inclusión con un sentido dominante de -esto es mío y me pertenece-; la mujer lo hace con un sentido de identidad o de -aquí pertenezco-. Estos comportamientos dependen en realidad del carácter de cada sujeto y no se refiere a su elección sexual sino a su naturaleza masculina o femenina. Hay muchos hombres con conductas naturalmente femeninas y muchas mujeres con conductas naturalmente masculinas.

El amor y la inclusión generan una verdadera autoridad. Hellinger dice que tener autoridad es tener lo que el otro necesita. Se trata de crear un ámbito en donde el amor y la inclusión sean posibles. El progreso de tales conceptos necesita de la autoridad. El amor sin autoridad es sometimiento. La inclusión sin autoridad es obsecuencia.

Los tres factores deben estar unidos para curar y para curarse. La autoridad sin inclusión es anarquismo. La autoridad sin amor es autoritarismo.

El orden médico es un orden sin amor ni inclusión. La asepsia de la medicina no incluye ningún otro factor que no sea la autoridad y ésta ha demostrado ser ineficaz sin los otros dos factores.

El amor sin inclusión es aislamiento. La leucemización de la medicina nos convierte en glóbulos blancos inmaduros y tan ineficaces que se nos excluye y se nos resta autoridad.

La inclusión sin amor es masificación. Somos un ejército de elementos inmunes anárquicos y autoritarios. Las enfermedades autoinmunes son la expresión de la falta de unidad de los factores de curación.

Debemos entender que el sistema médico está incluido sin amor en el sistema de la autoridad mundial. Su masificación sirve a los intereses de la autoridad mundial y no como algún desprevenido pueda creer, a los intereses del sujeto enfermo o de la sociedad enferma. Esta creencia de la medicina occidental como la única medicina creíble ha generado reacciones de defensa de lo que nosotros llamamos cuerpo biológico, que son similares a las reacciones defensivas que se han creado ante la masificación de los gobiernos opresores de parte de lo que nosotros llamamos el cuerpo social. Las reacciones biológicas las venimos conociendo como cáncer, sida, enfermedades degenerativas. Las reacciones del cuerpo social las hemos conocido como terrorismo, drogadicción, economicismo inhumano.

Esto es necesario entenderlo. La medicina está incluida pero sin amor. Es por eso que la autoridad que surge de su visión del mundo es normativa pero no efectiva. Tal inefectividad surge de la ausencia de uno de los tres factores de la cura y de la masificación que presupone la inclusión sin amor.

Dr. Fernando Callejón

El inconsciente biológico

El inconsciente biológico nos conecta con nuestros síntomas, con nuestras enfermedades, también nos conecta con las circunstancias que vivimos, con las relaciones que tenemos: la pareja, nuestro jefe, nuestros amigos, las personas con quienes interactuamos.

El inconsciente biológico nos conecta bajo el filtro de nuestras creencias. Nuestras creencias mas profundas se convierten en el patrón que va a dar forma a nuestras experiencias.

Para el inconsciente, que no vive la dualidad, tal como la entendemos nosotros, la realidad es muy diferente. Para él lo real es igual a lo virtual, no puede diferenciar entre lo que ocurre y lo que el cree que ocurre. El reacciona como si todo lo que pensamos, sentimos y vivimos fuera realidad. Hay una línea delgada entre imaginación y la realidad.

El inconsciente vive en la atemporalidad. No hay tiempo, todo es aquí y ahora. Nuestro intelecto lo divide en pasado presente y futuro. Lo que viví, lo que vivo y lo que creo viviré, se manifiestan siempre en ahora.

El inconsciente lo graba todo, lo guarda todo, porque nos puede ser necesario en cualquier momento. Si hemos tenido una experiencia traumática, el guarda todo  lo que sentimos, la emoción y el resentir. Por ello, cuando vamos en busca de sanación, solamente tenemos que acceder a ese momento para poder cambiar la emoción.

El inconsciente es inocente, él no tiene capacidad de juzgar, el que lo veamos como malo o como bueno, depende de nuestras creencias y no precisamente de él.

El inconsciente te muestra tus creencias en el espejo de la vida. Nuestras verdaderas creencias se reflejan en nuestras creencias mas íntimas.

Para el inconsciente no hay nada externo. Para él todo es uno. Lo que vivimos y sentimos siempre está en nosotros. Si sufrimos es porque vemos sufrimiento, para el inconsciente el que sufre eres tú y la causa del sufrimiento está en ti. Entonces da una solución biológica a la que llamamos enfermedad. Si nosotros hacemos nuestro el problema del otro, para el inconsciente el problema lo tenemos nosotros y no el otro. Nunca nadie ha solucionado el problema de otra persona sufriendo, lo único que va a conseguir es  ponerse enferma  y agravar el problema.

La biodescodificación utiliza varias técnicas, debe quedar claro que nuestro trabajo es la toma de conciencia. Cuando el paciente toma conciencia de la influencia que ejercen los ancestros, y que el inconsciente familiar guarda memoria de todos los hechos importantes, entonces está en posición de desarrollar un nivel de consciencia mas elevado.

Un segundo aspecto a tratar y muy importante, es el Proyecto Sentido, etapa que va de unos meses antes de la concepción, hasta los 3 años de edad.

Otro paso importante es el estudio de la vida contemporánea del paciente, donde se busca el conflicto desencadenante y todos los conflictos programantes. Estos últimos son aquellos con los que la persona recibe el bio-shock emocional, pero no produce síntomas físicos. Quedan en el inconsciente como una alarma, y cuando ésta se produce, entonces se desencadena la enfermedad.

Luego de realizar este trabajo, que puede durar una, dos o tres sesiones, se hace una terapia de cambio de valores y creencias, para ponerlas en acción. La persona debe ser testimonio de ella misma frente al mundo. La persona entra en coherencia emocional, y entonces, solo entonces, podemos empezar a hablar de curación integral, de plena conciencia.

El consultante vive su vida, aparentemente es la misma, pero todos los acontecimientos han cambiado, todo es diferente. Está en coherencia emocional. Al hacer el cambio emocional con respecto a los acontecimientos de su vida, actúa sobre su cuerpo y accede a la curación.

“La relación entre las emociones y el ADN trasciende los límites del tiempo  y del espacio” Gregg Braden.

“Toda enfermedad tiene su origen en la separación. Cuando se niega la separación, la enfermedad desaparece” Un Curso de Milagros.”

El código secreto del síntoma
Enric Corbera- Rafael Marañón 

Decodificación: Sobrepeso

La palabra alimento viene del latín alimentum y significa “cosas que se comen o beben para crecer y subsistir”. La alimentación es un medio o un instrumento cuya función inicial fue sobrevivir y hoy en día en una parte importante de este planeta es una fuente de placer y en algunos casos de dolor o culpa.

En la época primitiva y durante buena parte de la historia de la humanidad el alimento fue lo que movió al ser humano a la realización de acciones con un único objetivo: ALIMENTARSE. Es también lo más importante en la etapa más temprana del óvulo fecundado ya que desde las trompas ha de viajar hasta el útero y para hacerlo necesita energía. Esta será extraída de las células maternas bajo la forma de glucosa y es fundamental que tenga un buen rendimiento en su recorrido hasta llegar al útero ya que tiene que hacerlo antes de que se agoten las reservas, por lo que en esta primera semana de vida el alimento es primordial de otro modo el NUEVO SER no sobrevive. Con frecuencia el embarazo termina en aborto espontáneo por falta de nutrición ya que para que el zigoto se pueda implantar necesita azúcar, energía. Cuando llega al útero le recibe un plato suculento ya que las glándulas de las paredes del útero han secretado Glucógeno bajo el estímulo de la progesterona con el objetivo de hacer una masa global de células y preparar el futuro nido. Es por esto que el Glucógeno tendrá durante toda nuestra existencia una gran importancia y el objetivo primordial en nutrición es ser autónomo a nivel del azúcar.

Hay algunos trastornos de la alimentación como en la anorexia y la bulimia o el sobrepeso en el que esta autonomía se ve alterada y la persona gira alrededor de este tema sin libertad.

Sobrepeso

El sobrepeso y la obesidad se definen como una acumulación anormal o excesiva de grasa o agua que puede ser perjudicial para la salud.

La Descodificación Biológica Original observa las pequeñas o grandes situaciones de estrés que pueden estar en el origen del síntoma y la pregunta para realizarse es: ¿para qué es útil el síntoma? Por ejemplo, la grasa sirve para proteger y es reserva de azúcar y el agua conforma la mayor parte de las células.

¿Y qué determina el tipo de somatización?

La manera de vivir la situación difícil o dramática hará que la respuesta del cuerpo sea de un tipo u otro.

En relación al sobrepeso encontramos que el origen es multicausal y diversos factores estarán en la raíz del problema ya que la persona no está expuesta a una únicasituación de estrés sino que hay múltiples conflictos con su consecuente manera de vivirlo y si la acumulación es de grasa observaremos las funciones biológicas de la misma.

Tipos de conflictos:

  • Resistir, hacer frente al otro
  • Protección mecánica (agresión)
  • Protección térmica (necesito guardar el calor en mi interior)
  • Protección de la  mirada del otro (camuflarse, ver agresion o abuso sexual)
  •  Abandono
  • Carencia, hacer reserva (miedo a la falta)
  • Miedo al rechazo (me han dejado de lado)
  • Conflicto de seducción (la redondez es salud)
  • Retención (en una separación, muertes, abortos, ..)
  • Frustración (esconder emociones)
  • Maternidad (me preparo para..)
  • Conflicto del gemelo perdido

Hay otro tipo de sobrepeso que es por retención de líquidos. Aquí el conflicto está en relación a la perdida de referentes ya que el primer referente es el agua, el líquido amniótico. Nosotros los humanos podemos sufrir un shock como un “conflicto de lucha por la existencia” con la sensación de no ser capaz para vivir la realidad del momento presente y serán los riñones los que se encargaran de gestionarlo. Pueden observarse situaciones conflictuales como “conflicto del refugiado o inmigrante” (teniendo que dejar nuestra casa, nuestros amigos, nuestra familia), como un “conflicto de derrumbe existencial” (nuestra vida está en juego), o como un “conflicto de hospitalización” o “conflicto de pérdida de los medios de subsistencia”, “conflicto de quedar abandonado” (sentirse aislado, excluido y dejado atrás).

Cada conflicto tiene su propio origen emocional en un momento determinado de la vida o por situaciones acumuladas. Es en ese o esos momentos del bioshock, en el que hay una necesidad no satisfecha (de afecto, amor, presencia de otro, sensación de seguridad, sentirse pleno, etc.) y la persona le da un sentido.

En el sobrepeso, el propio síntoma genera estrés en la persona que intenta una y otra vez deshacerse de los kilos de más y si lo hace mediante dietas restrictivas y sin desactivar los conflictos el cuerpo produce el conocido como “efecto rebote”.

Sea cual sea el síntoma es a la solución que ha encontrado el cuerpo para poder ayudar a resolver el conflicto y sobrevivir y sea cual sea el cuerpo que tengas es el cuerpo que necesitas.

Angeles Wolder

¿ Cuál es tu finalidad en la vida ?

Para poder montar una de sus películas, La Montaña Sagrada, Alejandro Jodorowsky huyó de México donde las autoridades lo habían amenazado. Se instaló en Nueva York, donde empezó a sudar como fruto de la angustia que sentía. Un amigo le dio la dirección de un médico sabio en el barrio chino que le preguntó:

“¿Cuál es su finalidad en la vida?”

A lo que este respondió: “No vengo a tener una conversación filosófica. Vengo a que usted me cure de esta incesante transpiración”

El anciano insistió: “Si usted no tiene una finalidad en la vida, no lo puedo curar”…

Esta es la primera pregunta que también nos hará un “arbolista” antes de construir nuestro árbol genealógico. Es la clave de todo, la trampa sagrada que se esconde en nuestra vida, responderla es como encender una luz que permite ver lo que nos faltó en la misma raíz de nuestro árbol genealógico. Ahí están nuestras limitaciones, lo que nos da miedo, lo que se nos prohíbe.

Una pregunta que puede tomar muchas formas diferentes, aunque en esencia siempre es la misma:

¿Qué es lo que quieres hacer con tu vida?

¿Cuál es tu finalidad?

¿En qué te puedo ayudar?

¿Qué es lo que todavía no has conseguido?

¿Hacia dónde vas?

¿Cuál es tu horizonte ideal?

¿Qué tres deseos le pedirías a una Hada?

¿Qué harías si te hicieses invisible durante 24 horas?

(Piensa tu respuesta y después pincha para seguir leyendo)

Aquello que responde el consultante nos señala las prohibiciones de su árbol genealógico… Si respondo que quiero “disfrutar”, significa que hay una prohibición del placer, del deseo, en el árbol.

La finalidad es lo que somos, es nuestro guión auténtico, incompatible muchas veces con el guión que la familia nos impone. El árbol genealógico nos imprime una misión y tratará de que la cumplamos, aunque ello nos niegue ser lo que somos.

No siempre se tiene la respuesta al borde de los labios, a veces el mismo hecho de no haber sido deseados o tenidos en cuenta en nuestra infancia, puede hacernos carecer de finalidad en la vida de adultos. Para los que les cuesta muchísimo conectar con su finalidad y verbalizarla, se le recomienda que durante siete días vaya a comprar su pastel preferido y se lo tome tranquilo. Se despertará el placer, la parte creativa. Luego vendrá la finalidad.

Se nos ocurren tres poderosas razones por las que uno debe “parar el reloj de arena”, sentarse y plantearse de una vez cual es su finalidad:

1.-Cuando sabemos lo que queremos de verdad, y eso que queremos no lo estamos logrando de momento, de pronto descubrimos como por arte de magia que hay algo que nos lo impide: es “la trampa del árbol”.

Si queremos ser felices, nuestro árbol quiere que suframos.

Si queremos ser artistas, nuestro árbol nos está prohibiendo la creatividad

Si queremos amar, nuestro árbol nos limita las emociones.

Si queremos ser libres, nuestro árbol nos quiere esclavos.

Así hasta el infinito…

La forma en que lo hace, y la manera de lograr sanarnos y sanar el árbol para que esa finalidad no tenga impedimentos para ser alcanzada, las descubriremos utilizando las herramientas de la psicogenealogía.

2.-Verbalizar una finalidad es comenzar a caminar hacia ella. Nos parece que es como hacerle un pedido al Universo, es lanzar un mensaje, una oración… Ahí uno empieza a llamar al cambio, cuando declara su intención.

3.-Mostrar nuestra finalidad nos sitúa en lo que somos. El árbol nos da una misión loca, una identidad falsa, un no ser lo que somos en realidad. Cuando nos atrevemos a sacar al exterior lo que deseamos alcanzar, empezamos a ser felices, a estar más sanos, o lo que es lo mismo, empezamos a SER.

Es importante apuntar que la finalidad debe ser formulada de la forma más concreta posible, no abstracta. Como diría Marianne Costa, “si pides al hada una finalidad borrosa, te va a dar una finalidad borrosa”.

También Milton Erickson, con uno de sus terapéuticos relatos nos enseña algo fundamental: “Imponte siempre un objetivo real, para el futuro inmediato”.

En palabras de Alejandro Jodorowsky, “todos hemos nacido de un hombre y una mujer. En cualquier estado que estés, el universo quiere que te realices. La vida tiene la finalidad que tú decidas. Para poder realizarnos, debemos conocer los acuerdos del inconsciente familiar que nos lo impiden”.

Dime ahora: ¿cuál es tu finalidad? Y recuerda las palabras de Séneca: “No hay viento favorable para el que no sabe dónde va”.

Plano sin fin de Alejandro Jodorowsky

El poder de las creencias

Mi última parada en el mundo académico tradicional fue la Facultad de
Medicina de la Universidad de Stanford. En aquella época ya me había
convertido en un vehemente partidario de una «nueva biología». Había
llegado a cuestionarme no sólo la competitiva versión darwiniana de la
evolución, sino también el dogma central de la biología, la premisa de que los genes controlan la vida. Esa premisa científica tiene un error fundamental: los genes no se pueden activar o desactivar a su antojo. En términos más científicos, los genes no son «autoemergentes». Tiene que haber algo en el entorno que desencadene la actividad génica. A pesar de que ese hecho ya había sido postulado por la ciencia más vanguardista, los científicos convencionales, cegados por el dogma genético, se habían limitado a ignorado. Mi abierto desafío al dogma central hizo que me consideraran aún más un hereje de la ciencia. No sólo era aspirante a la excomunión, ¡sino que era candidato a ser quemado en la hoguera!

Durante una conferencia que ofrecí mientras estaba en Stanford, acusé a los facultativos allí reunidos, muchos de ellos genetistas de prestigio
internacional, de no ser mejores que los fundamentalistas religiosos por
aferrarse al dogma central a pesar de las evidencias que demostraban que era erróneo. Tras mis sacrílegos comentarios, la sala de conferencias se convirtió en un hervidero de gritos de indignación que creí daría al traste con mi posibilidad de conseguir empleo.  Sin embargo, mis ideas sobre la mecánica de la nueva biología demostraron ser lo bastante provocativas como para que me contrataran. Con el apoyo de ciertas eminencias científicas de Stanford, sobre todo con el del jefe del departamento de Patología, el doctor Klaus Bensch, me alentaron a profundizar en mis ideas y a aplicadas a las investigaciones sobre células humanas donadas. Para sorpresa de todos los que me rodeaban, los experimentos apoyaron por completo la visión alternativa de la biología que yo postulaba. Publiqué dos artículos basados en esa investigación y abandoné el mundo académico, en esta ocasión para siempre (Lipton, et al., 1991-1992).

Me marché porque, a pesar del apoyo que tenía en Stanford, sentía que mi mensaje estaba cayendo en saco roto.Desde mi marcha, nuevas investigaciones han refrendado mi escepticismo sobre el dogma central y la supremacía del ADN en el control de la vida. De hecho, la Epigenética, el estudio de los mecanismos moleculares mediante los cuales el entorno controla la actividad génica, es hoy en día una de las áreas más activas de investigación científica. La reciente importancia que se le otorga al entorno como regulador de la actividad génica era el núcleo de la investigación celular que yo llevaba a cabo veinticinco años atrás, mucho antes de que el campo de la Epigenética existiera siquiera (Lipton 1977a, 1977b). A pesar de que me resulta una actividad gratificante desde el punto de vista intelectual, sé que si estuviera enseñando e investigando en una facultad de medicina, mis colegas seguirían preguntándose sobre esos cocos, ya que en la última década me he vuelto aún más radical según los cánones académicos. Mi preocupación por la nueva biología se ha convertido en algo más que un ejercicio intelectual. Creo que las células nos muestran no sólo los mecanismos de la vida, sino también una forma de llevar una vida rica y plena.

Dentro de la torre de marfil de la ciencia, ese tipo de pensamiento me
granjearía sin duda el estrafalario premio Doctor Dolittle al
antropomorfismo o, para ser más exactos, al «citomorfismo: pensando
como una célula», aunque para mí se trata de biología básica. Tal vez te
consideres un ente individual, pero como biólogo celular puedo asegurarte que en realidad eres una comunidad cooperativa de unos cincuenta billones de ciudadanos celulares. La práctica totalidad de las células que constituyen tu cuerpo se parecen a las amebas, unos organismos individuales que han desarrollado una estrategia cooperativa para la supervivencia mutua. En términos básicos, los seres humanos no somos más que la consecuencia de una «conciencia colectiva amebiana». Al igual que una nación refleja los rasgos distintivos de sus ciudadanos, la humanidad debe reflejar la naturaleza básica de nuestras comunidades celulares.

Utilizando estas comunidades celulares como modelos, llegué a la
conclusión de que no somos las víctimas de nuestros genes, sino los dueños y señores de nuestros destinos, capaces de forjar una vida llena de paz, felicidad y amor. Probé mi hipótesis con mi propia vida a instancias de mis oyentes, quienes me preguntaban por qué mis ideas no me habían hecho más feliz. Y tenían razón: necesitaba integrar mi nueva percepción biológica en mi vida diaria. Supe que lo había logrado cuando, durante una resplandeciente mañana de domingo en el Big Easy, una camarera de la cafetería me dijo: «Cielo, eres la persona más feliz que he visto en mi vida. Dime, muchacho, ¿por qué eres tan feliz?». Me quedé desconcertado ante su pregunta, pero de todas formas barboté: «¡Estoy en el paraíso!». La camarera meneó la cabeza de lado a lado sin dejar de mascullar y después procedió a tomar nota de lo que quería para desayunar. Pues bien, era cierto. Era feliz, más feliz de lo que había sido en toda mi vida.

Quizá alguno de los lectores más críticos se muestre escéptico ante mi
afirmación de que la Tierra es el paraíso, ya que la definición de paraíso también incluye la morada de la deidad y la de los bienaventurados difuntos. ¿De verdad creía que Nueva Orleans, o cualquier otra ciudad grande, era una parte del paraíso? Mujeres y niños harapientos sin hogar viviendo en callejones; un aire tan cargado que uno no sabe si las estrellas existen de verdad; ríos y lagos tan contaminados que sólo inimaginables y «espeluznantes» formas de vida pueden habitados. ¿La Tierra es el paraíso? ¿Acaso Dios vive allí? ¿Conoce él a esa deidad? Las respuestas a esas preguntas son: sí, sí y creo que sí.

Bueno, para ser totalmente sincero, debo admitir que no conozco a Dios por entero, ya que no os conozco a todos vosotros. Por el amor de Dios, ¡hay unos seis mil millones de personas en el mundo! Y si he de ser aún más sincero, tampoco conozco el nombre de todos los miembros de los reinos, tanto animal como vegetal, aunque creo que también forman parte de Dios. ¿Acaso está diciendo que los humanos son Dios?». Bueno … pues sí. Y claro está que no soy el primero que lo dice. El Génesis dice que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Sí, el racionalista que os habla está citando ahora a Jesús, a Buda y a Rumi. He vuelto al punto de partida y he pasado de ser un científico reduccionista enfrentado a la vista a ser un científico espiritual. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y es necesario que volvamos a  introducir el espíritu en la ecuación si queremos mejorar nuestra salud mental y física.

Puesto que no somos maquinas bioquímicas indefensas, el hecho de zamparnos una pastilla cada vez que nos encontramos mal física o mentalmente no es siempre la respuesta. Los fármacos y la cirugía son herramientas poderosas cuando no se utilizan en exceso, pero la idea de que los medicamentos pueden curarlo todo es, en esencia, errónea. Cada vez que se introduce un fármaco en el organismo para corregir una función A, se alteran inevitablemente las funciones B, C o D. No son las hormonas ni los neurotransmisores producidos por los genes los que controlan nuestro cuerpo y nuestra mente; son nuestras creencias las que controlan nuestro cuerpo, nuestra mente y, por tanto, nuestra vida…  ¡OH, vosotros, hombres de poca fe!

Dr. Bruce H. Lipton (del libro La Biología de la Crencia)