Decodificación: Sobrepeso

La palabra alimento viene del latín alimentum y significa “cosas que se comen o beben para crecer y subsistir”. La alimentación es un medio o un instrumento cuya función inicial fue sobrevivir y hoy en día en una parte importante de este planeta es una fuente de placer y en algunos casos de dolor o culpa.

En la época primitiva y durante buena parte de la historia de la humanidad el alimento fue lo que movió al ser humano a la realización de acciones con un único objetivo: ALIMENTARSE. Es también lo más importante en la etapa más temprana del óvulo fecundado ya que desde las trompas ha de viajar hasta el útero y para hacerlo necesita energía. Esta será extraída de las células maternas bajo la forma de glucosa y es fundamental que tenga un buen rendimiento en su recorrido hasta llegar al útero ya que tiene que hacerlo antes de que se agoten las reservas, por lo que en esta primera semana de vida el alimento es primordial de otro modo el NUEVO SER no sobrevive. Con frecuencia el embarazo termina en aborto espontáneo por falta de nutrición ya que para que el zigoto se pueda implantar necesita azúcar, energía. Cuando llega al útero le recibe un plato suculento ya que las glándulas de las paredes del útero han secretado Glucógeno bajo el estímulo de la progesterona con el objetivo de hacer una masa global de células y preparar el futuro nido. Es por esto que el Glucógeno tendrá durante toda nuestra existencia una gran importancia y el objetivo primordial en nutrición es ser autónomo a nivel del azúcar.

Hay algunos trastornos de la alimentación como en la anorexia y la bulimia o el sobrepeso en el que esta autonomía se ve alterada y la persona gira alrededor de este tema sin libertad.

Sobrepeso

El sobrepeso y la obesidad se definen como una acumulación anormal o excesiva de grasa o agua que puede ser perjudicial para la salud.

La Descodificación Biológica Original observa las pequeñas o grandes situaciones de estrés que pueden estar en el origen del síntoma y la pregunta para realizarse es: ¿para qué es útil el síntoma? Por ejemplo, la grasa sirve para proteger y es reserva de azúcar y el agua conforma la mayor parte de las células.

¿Y qué determina el tipo de somatización?

La manera de vivir la situación difícil o dramática hará que la respuesta del cuerpo sea de un tipo u otro.

En relación al sobrepeso encontramos que el origen es multicausal y diversos factores estarán en la raíz del problema ya que la persona no está expuesta a una únicasituación de estrés sino que hay múltiples conflictos con su consecuente manera de vivirlo y si la acumulación es de grasa observaremos las funciones biológicas de la misma.

Tipos de conflictos:

  • Resistir, hacer frente al otro
  • Protección mecánica (agresión)
  • Protección térmica (necesito guardar el calor en mi interior)
  • Protección de la  mirada del otro (camuflarse, ver agresion o abuso sexual)
  •  Abandono
  • Carencia, hacer reserva (miedo a la falta)
  • Miedo al rechazo (me han dejado de lado)
  • Conflicto de seducción (la redondez es salud)
  • Retención (en una separación, muertes, abortos, ..)
  • Frustración (esconder emociones)
  • Maternidad (me preparo para..)
  • Conflicto del gemelo perdido

Hay otro tipo de sobrepeso que es por retención de líquidos. Aquí el conflicto está en relación a la perdida de referentes ya que el primer referente es el agua, el líquido amniótico. Nosotros los humanos podemos sufrir un shock como un “conflicto de lucha por la existencia” con la sensación de no ser capaz para vivir la realidad del momento presente y serán los riñones los que se encargaran de gestionarlo. Pueden observarse situaciones conflictuales como “conflicto del refugiado o inmigrante” (teniendo que dejar nuestra casa, nuestros amigos, nuestra familia), como un “conflicto de derrumbe existencial” (nuestra vida está en juego), o como un “conflicto de hospitalización” o “conflicto de pérdida de los medios de subsistencia”, “conflicto de quedar abandonado” (sentirse aislado, excluido y dejado atrás).

Cada conflicto tiene su propio origen emocional en un momento determinado de la vida o por situaciones acumuladas. Es en ese o esos momentos del bioshock, en el que hay una necesidad no satisfecha (de afecto, amor, presencia de otro, sensación de seguridad, sentirse pleno, etc.) y la persona le da un sentido.

En el sobrepeso, el propio síntoma genera estrés en la persona que intenta una y otra vez deshacerse de los kilos de más y si lo hace mediante dietas restrictivas y sin desactivar los conflictos el cuerpo produce el conocido como “efecto rebote”.

Sea cual sea el síntoma es a la solución que ha encontrado el cuerpo para poder ayudar a resolver el conflicto y sobrevivir y sea cual sea el cuerpo que tengas es el cuerpo que necesitas.

Angeles Wolder

¿ Cuál es tu finalidad en la vida ?

Para poder montar una de sus películas, La Montaña Sagrada, Alejandro Jodorowsky huyó de México donde las autoridades lo habían amenazado. Se instaló en Nueva York, donde empezó a sudar como fruto de la angustia que sentía. Un amigo le dio la dirección de un médico sabio en el barrio chino que le preguntó:

“¿Cuál es su finalidad en la vida?”

A lo que este respondió: “No vengo a tener una conversación filosófica. Vengo a que usted me cure de esta incesante transpiración”

El anciano insistió: “Si usted no tiene una finalidad en la vida, no lo puedo curar”…

Esta es la primera pregunta que también nos hará un “arbolista” antes de construir nuestro árbol genealógico. Es la clave de todo, la trampa sagrada que se esconde en nuestra vida, responderla es como encender una luz que permite ver lo que nos faltó en la misma raíz de nuestro árbol genealógico. Ahí están nuestras limitaciones, lo que nos da miedo, lo que se nos prohíbe.

Una pregunta que puede tomar muchas formas diferentes, aunque en esencia siempre es la misma:

¿Qué es lo que quieres hacer con tu vida?

¿Cuál es tu finalidad?

¿En qué te puedo ayudar?

¿Qué es lo que todavía no has conseguido?

¿Hacia dónde vas?

¿Cuál es tu horizonte ideal?

¿Qué tres deseos le pedirías a una Hada?

¿Qué harías si te hicieses invisible durante 24 horas?

(Piensa tu respuesta y después pincha para seguir leyendo)

Aquello que responde el consultante nos señala las prohibiciones de su árbol genealógico… Si respondo que quiero “disfrutar”, significa que hay una prohibición del placer, del deseo, en el árbol.

La finalidad es lo que somos, es nuestro guión auténtico, incompatible muchas veces con el guión que la familia nos impone. El árbol genealógico nos imprime una misión y tratará de que la cumplamos, aunque ello nos niegue ser lo que somos.

No siempre se tiene la respuesta al borde de los labios, a veces el mismo hecho de no haber sido deseados o tenidos en cuenta en nuestra infancia, puede hacernos carecer de finalidad en la vida de adultos. Para los que les cuesta muchísimo conectar con su finalidad y verbalizarla, se le recomienda que durante siete días vaya a comprar su pastel preferido y se lo tome tranquilo. Se despertará el placer, la parte creativa. Luego vendrá la finalidad.

Se nos ocurren tres poderosas razones por las que uno debe “parar el reloj de arena”, sentarse y plantearse de una vez cual es su finalidad:

1.-Cuando sabemos lo que queremos de verdad, y eso que queremos no lo estamos logrando de momento, de pronto descubrimos como por arte de magia que hay algo que nos lo impide: es “la trampa del árbol”.

Si queremos ser felices, nuestro árbol quiere que suframos.

Si queremos ser artistas, nuestro árbol nos está prohibiendo la creatividad

Si queremos amar, nuestro árbol nos limita las emociones.

Si queremos ser libres, nuestro árbol nos quiere esclavos.

Así hasta el infinito…

La forma en que lo hace, y la manera de lograr sanarnos y sanar el árbol para que esa finalidad no tenga impedimentos para ser alcanzada, las descubriremos utilizando las herramientas de la psicogenealogía.

2.-Verbalizar una finalidad es comenzar a caminar hacia ella. Nos parece que es como hacerle un pedido al Universo, es lanzar un mensaje, una oración… Ahí uno empieza a llamar al cambio, cuando declara su intención.

3.-Mostrar nuestra finalidad nos sitúa en lo que somos. El árbol nos da una misión loca, una identidad falsa, un no ser lo que somos en realidad. Cuando nos atrevemos a sacar al exterior lo que deseamos alcanzar, empezamos a ser felices, a estar más sanos, o lo que es lo mismo, empezamos a SER.

Es importante apuntar que la finalidad debe ser formulada de la forma más concreta posible, no abstracta. Como diría Marianne Costa, “si pides al hada una finalidad borrosa, te va a dar una finalidad borrosa”.

También Milton Erickson, con uno de sus terapéuticos relatos nos enseña algo fundamental: “Imponte siempre un objetivo real, para el futuro inmediato”.

En palabras de Alejandro Jodorowsky, “todos hemos nacido de un hombre y una mujer. En cualquier estado que estés, el universo quiere que te realices. La vida tiene la finalidad que tú decidas. Para poder realizarnos, debemos conocer los acuerdos del inconsciente familiar que nos lo impiden”.

Dime ahora: ¿cuál es tu finalidad? Y recuerda las palabras de Séneca: “No hay viento favorable para el que no sabe dónde va”.

Plano sin fin de Alejandro Jodorowsky

El poder de las creencias

Mi última parada en el mundo académico tradicional fue la Facultad de
Medicina de la Universidad de Stanford. En aquella época ya me había
convertido en un vehemente partidario de una «nueva biología». Había
llegado a cuestionarme no sólo la competitiva versión darwiniana de la
evolución, sino también el dogma central de la biología, la premisa de que los genes controlan la vida. Esa premisa científica tiene un error fundamental: los genes no se pueden activar o desactivar a su antojo. En términos más científicos, los genes no son «autoemergentes». Tiene que haber algo en el entorno que desencadene la actividad génica. A pesar de que ese hecho ya había sido postulado por la ciencia más vanguardista, los científicos convencionales, cegados por el dogma genético, se habían limitado a ignorado. Mi abierto desafío al dogma central hizo que me consideraran aún más un hereje de la ciencia. No sólo era aspirante a la excomunión, ¡sino que era candidato a ser quemado en la hoguera!

Durante una conferencia que ofrecí mientras estaba en Stanford, acusé a los facultativos allí reunidos, muchos de ellos genetistas de prestigio
internacional, de no ser mejores que los fundamentalistas religiosos por
aferrarse al dogma central a pesar de las evidencias que demostraban que era erróneo. Tras mis sacrílegos comentarios, la sala de conferencias se convirtió en un hervidero de gritos de indignación que creí daría al traste con mi posibilidad de conseguir empleo.  Sin embargo, mis ideas sobre la mecánica de la nueva biología demostraron ser lo bastante provocativas como para que me contrataran. Con el apoyo de ciertas eminencias científicas de Stanford, sobre todo con el del jefe del departamento de Patología, el doctor Klaus Bensch, me alentaron a profundizar en mis ideas y a aplicadas a las investigaciones sobre células humanas donadas. Para sorpresa de todos los que me rodeaban, los experimentos apoyaron por completo la visión alternativa de la biología que yo postulaba. Publiqué dos artículos basados en esa investigación y abandoné el mundo académico, en esta ocasión para siempre (Lipton, et al., 1991-1992).

Me marché porque, a pesar del apoyo que tenía en Stanford, sentía que mi mensaje estaba cayendo en saco roto.Desde mi marcha, nuevas investigaciones han refrendado mi escepticismo sobre el dogma central y la supremacía del ADN en el control de la vida. De hecho, la Epigenética, el estudio de los mecanismos moleculares mediante los cuales el entorno controla la actividad génica, es hoy en día una de las áreas más activas de investigación científica. La reciente importancia que se le otorga al entorno como regulador de la actividad génica era el núcleo de la investigación celular que yo llevaba a cabo veinticinco años atrás, mucho antes de que el campo de la Epigenética existiera siquiera (Lipton 1977a, 1977b). A pesar de que me resulta una actividad gratificante desde el punto de vista intelectual, sé que si estuviera enseñando e investigando en una facultad de medicina, mis colegas seguirían preguntándose sobre esos cocos, ya que en la última década me he vuelto aún más radical según los cánones académicos. Mi preocupación por la nueva biología se ha convertido en algo más que un ejercicio intelectual. Creo que las células nos muestran no sólo los mecanismos de la vida, sino también una forma de llevar una vida rica y plena.

Dentro de la torre de marfil de la ciencia, ese tipo de pensamiento me
granjearía sin duda el estrafalario premio Doctor Dolittle al
antropomorfismo o, para ser más exactos, al «citomorfismo: pensando
como una célula», aunque para mí se trata de biología básica. Tal vez te
consideres un ente individual, pero como biólogo celular puedo asegurarte que en realidad eres una comunidad cooperativa de unos cincuenta billones de ciudadanos celulares. La práctica totalidad de las células que constituyen tu cuerpo se parecen a las amebas, unos organismos individuales que han desarrollado una estrategia cooperativa para la supervivencia mutua. En términos básicos, los seres humanos no somos más que la consecuencia de una «conciencia colectiva amebiana». Al igual que una nación refleja los rasgos distintivos de sus ciudadanos, la humanidad debe reflejar la naturaleza básica de nuestras comunidades celulares.

Utilizando estas comunidades celulares como modelos, llegué a la
conclusión de que no somos las víctimas de nuestros genes, sino los dueños y señores de nuestros destinos, capaces de forjar una vida llena de paz, felicidad y amor. Probé mi hipótesis con mi propia vida a instancias de mis oyentes, quienes me preguntaban por qué mis ideas no me habían hecho más feliz. Y tenían razón: necesitaba integrar mi nueva percepción biológica en mi vida diaria. Supe que lo había logrado cuando, durante una resplandeciente mañana de domingo en el Big Easy, una camarera de la cafetería me dijo: «Cielo, eres la persona más feliz que he visto en mi vida. Dime, muchacho, ¿por qué eres tan feliz?». Me quedé desconcertado ante su pregunta, pero de todas formas barboté: «¡Estoy en el paraíso!». La camarera meneó la cabeza de lado a lado sin dejar de mascullar y después procedió a tomar nota de lo que quería para desayunar. Pues bien, era cierto. Era feliz, más feliz de lo que había sido en toda mi vida.

Quizá alguno de los lectores más críticos se muestre escéptico ante mi
afirmación de que la Tierra es el paraíso, ya que la definición de paraíso también incluye la morada de la deidad y la de los bienaventurados difuntos. ¿De verdad creía que Nueva Orleans, o cualquier otra ciudad grande, era una parte del paraíso? Mujeres y niños harapientos sin hogar viviendo en callejones; un aire tan cargado que uno no sabe si las estrellas existen de verdad; ríos y lagos tan contaminados que sólo inimaginables y «espeluznantes» formas de vida pueden habitados. ¿La Tierra es el paraíso? ¿Acaso Dios vive allí? ¿Conoce él a esa deidad? Las respuestas a esas preguntas son: sí, sí y creo que sí.

Bueno, para ser totalmente sincero, debo admitir que no conozco a Dios por entero, ya que no os conozco a todos vosotros. Por el amor de Dios, ¡hay unos seis mil millones de personas en el mundo! Y si he de ser aún más sincero, tampoco conozco el nombre de todos los miembros de los reinos, tanto animal como vegetal, aunque creo que también forman parte de Dios. ¿Acaso está diciendo que los humanos son Dios?». Bueno … pues sí. Y claro está que no soy el primero que lo dice. El Génesis dice que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Sí, el racionalista que os habla está citando ahora a Jesús, a Buda y a Rumi. He vuelto al punto de partida y he pasado de ser un científico reduccionista enfrentado a la vista a ser un científico espiritual. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y es necesario que volvamos a  introducir el espíritu en la ecuación si queremos mejorar nuestra salud mental y física.

Puesto que no somos maquinas bioquímicas indefensas, el hecho de zamparnos una pastilla cada vez que nos encontramos mal física o mentalmente no es siempre la respuesta. Los fármacos y la cirugía son herramientas poderosas cuando no se utilizan en exceso, pero la idea de que los medicamentos pueden curarlo todo es, en esencia, errónea. Cada vez que se introduce un fármaco en el organismo para corregir una función A, se alteran inevitablemente las funciones B, C o D. No son las hormonas ni los neurotransmisores producidos por los genes los que controlan nuestro cuerpo y nuestra mente; son nuestras creencias las que controlan nuestro cuerpo, nuestra mente y, por tanto, nuestra vida…  ¡OH, vosotros, hombres de poca fe!

Dr. Bruce H. Lipton (del libro La Biología de la Crencia)

Manejando su propio cerebro

Me gustaría que probaran algunos experimentos simples, y enseñarles un poquito sobre cómo manejar su propio cerebro. Necesitarán esta experiencia para comprender el resto de este libro, de modo que les recomiendo que hagan los siguientes experimentos breves.

Seleccionen una experiencia pasada muy agradable, tal vez una en la que no han pensado por mucho tiempo. Deténganse por un instante para volver a ese recuerdo, y asegúrense que ven lo que vieron en el momento en que sucedió ese hecho agradable. Pueden cerrar los ojos si les resulta más fácil así…

Mientras miran ese recuerdo agradable, quiero que cambien la brillantez de la imagen, y noten como cambian sus sentimientos en respuesta a ello. Primero, háganlo más y más brillante… Ahora oscurézcanlo más y más, hasta que apenas puedan verlo… Ahora de nuevo vuélvanlo brillante…

¿Cómo cambia eso la manera como ustedes sienten? Siempre hay excepciones, pero para la mayoría de la gente cuando la imagen se hace más brillante los sentimientos son más Fuertes. Al aumentar el brillo generalmente aumenta la intensidad de los sentimientos, y al disminuirlo generalmente disminuye la intensidad de los sentimientos.

¿Cuantos de ustedes pensaron alguna vez en la posibilidad de variar intencionalmente el brillo de una imagen interna, a fin de sentirse diferentes? La mayoría deja que su cerebro muestre cualquier imagen al azar, y en respuesta a ella ustedes se sienten bien o mal.

Ahora seleccionen un recuerdo desagradable, algo que mientras piensan en eso los aplasta. Ahora oscurezcan más y más la imagen… Sí la oscurecen lo suficiente, no los molestará más. Ahora pueden ahorrase miles de dólares en cuentas de psicoterapia.

Yo aprendí estas técnicas gracias a personas que ya las dominaban. Una mujer me contó que vivía feliz todo el tiempo, que no dejaba que las cosas la afectaran. Le pregunté cómo lo hacía. Me replicó: “Bien cuando esos pensamientos desagradables invaden mi mente, yo les disminuyo el brillo”.

El brillo es una de las “submodalidades” de la modalidad visual. Las submodalidades son elementos universales que pueden usarse para cambiar cualquier imagen visual, sin importar su contenido. Las modalidades auditiva y kinestésica también poseen submodalidades, pero por ahora jugaremos con las submodalidades visuales.

El brillo o luminosidad es sólo uno de los muchos aspectos que pueden variar. Antes que vayamos a los otros, quiero hablarles sobre las excepciones al impacto que generalmente tiene el brillo. Si iluminan tanto una imagen que los detalles desaparecen y se vuelve casi blanca, eso reducirá, más que aumentar, la intensidad de sus sentimientos.

Generalmente la relación no se mantiene en el extremo superior. Para algunas personas, la relación se invierte en la mayoría de los contextos, de manera que al aumentar el brillo disminuye la intensidad de sus sentimientos.

Algunas excepciones obedecen al contenido. Cuando su recuerdo agradable es una imagen a la luz de las velas o al atardecer o parte de su encanto especial se debe a la penumbra, si se abrillanta la imagen sus sentimientos podrán atenuarse. Por el contrario, si recordaron un episodio de pánico en medio de la oscuridad, el pánico puede atribuirse al hecho de no ver lo que estaba ahí. Si iluminan la imagen y ven que ahí no hay nada, su miedo disminuirá. Así es que siempre hay excepciones, y cuando se examinan también las excepciones cobran sentido. Cualquiera que sea la relación, cabe emplear la información para cambiar su experiencia.

Ahora juguemos con otra variable de submodalidades. Elijan otro recuerdo agradable y varien el tamaño de la imagen. Primero, más y más grande… enseguida, más y más pequeña, y noten cómo cambian sus sentimientos…

La relación habitual es que una imagen más grande intensifica su respuesta, y que una imagen más pequeña la disminuye. Pero nuevamente hay excepciones, sobre todo en el extremo superior de la escala. Cuando una imagen se torna muy grande, puede súbitamente parecer ridícula o irreal. Su reacción puede entonces cambiar de calidad en vez de intensidad; del placer a la risa, por ejemplo.

Si cambian el tamaño de una imagen desagradable, probablemente encontrarán que al achicarla también disminuyen sus sentimientos. Si el hacerla muy grande la convierte en ridícula y risible, también pueden valerse de eso para sentirse mejor. Pruébenlo. Descubran qué es lo que les resulta a cada uno de ustedes.

Al margen de cuál sea la relación, lo que interesa es que descubran cómo funciona para ustedes su cerebro, y puedan aprender así a controlar su experiencia. Si reparan en ello, nada debería sorprenderlos.

La gente habla de “porvenir oscuro” o de “brillantes perspectivas”. “Todo se ve negro” “Mi mente quedó en blanco”. “Es algo mínimo, pero ella lo transformo en algo gigantesco”. Cuando alguien se expresa así, no es metáfora, generalmente, es una descripción literal y precisa de lo que la persona ha experimentado en su interior, en su subjetividad, por así decir.

Richard Blander (del libro: Use su cabeza para variar)